Montserrat y Jaume

El mes de junio del año pasado recibí la presentación de Montserrat, yo en aquella época era reticente a viajar y así lo había manifestado, pero una voz me dijo: “ves a conocer a Montserrat, es una mujer encantadora”. Y la voz no se equivocaba: aquella tarde fue una de las más brillantes de mi vida, no sabía con quién trataba pero algo me decía que tenía que volver… y volví multitud de veces.

Montserrat es una flor delicada pero fuerte a la vez, con una sonrisa estupenda, con un carácter suave pero firme a la vez, capaz de amar pero también de querer ser amada. Sólo hace falta ver su entorno familiar para comprobar la calidad humana de la persona.

Montserrat te abre su interior y cuando te encuentras dentro te sientes como un jilguero en su nido.

Su gran atractivo reside en la sencillez, da gusta caminar a su lado, reír con ella y, en alguna ocasión, llorar juntos por alguna emoción pasajera. He ido muchas veces a su pueblo, lo siento como si fuese el mío. Pronto cumpliremos un año desde que aquella magnífica tarde la vi en la estación con una sonrisa dulce, dispuesta a conocerme, y al cabo de un rato sentí que aquello tenía continuidad. Han pasado los meses y estoy satisfecho y contento, sin forzar nada, veo como los lazos de unión se van incrementando poco a poco. Y eso me da paz interior.

Es una mujer que cuando cae se levanta y sigue caminando, de todo el mundo aprendemos algo, y también he aprendido de ella.

Las personas aparecen en nuestra vida por el capricho del universo, y aquella tarde de sol brillante y la brisa del mar conocí a Montserrat, entre palabras, sonrisas y un agradabilísimo paseo, y comprendí que regresaría, y lo he hecho.

Tan sólo espero estar a la altura de les circunstancias en todo momento, se lo merece, tenemos que estar dispuestos a amar siempre.

Jaume

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